Hay un documental muy famoso sobre una bombilla que lleva luciendo, de forma ininterrumpida, más de nosecuantos años. Obsolescencia programada, se llama. Viene a decir que, en la actualidad, los productos se hacen de forma voluntaria para durar muy poco tiempo. Para que siempre tengamos que cambiarlos por otros, o para que se estropeen con más facilidad y su reparación sea más costosa que la adquisición de uno nuevo. Por supuesto, esto puede que realmente esté ocurriendo, pero yo me hago otra pregunta, ¿no será que somos nosotros, los que tenemos una obsolescencia programada mental?
Esta idea de la obsolescencia programada, bien puede ser resultado de la propia mecánica y propósito de que se rompan las cosas. Sin embargo, eso no nos exime de ser conscientes de ello y te tratar de cambiarlo.
Yo me confieso un vago mental cuando algo se rompe. Automáticamente pienso que no merece la pena repararlo, total, si me sale más barato comprarme uno nuevo. En realidad, en términos energéticos esto puede que no sea cierto en absoluto.
Curiosamente, donde veo una gran brecha entre mi forma de pensar y actuar, es con respecto a la generación de mi padre o mi suegro. Ambos son claros ejemplos de que no tienen mi “obsolescencia programada mental”. Si algo se rompe, su primera reacción por defecto es tratar de arreglarlo, justo al contrario que la mía, y que, intuyo, muchos de mi generación.
Son ya incontables los casos en los que yo daba por perdido un cacharro. Sobre todo, si el cacharro no es de tipo informático. Tijeras, aparatos de manualidades, partes de los vehículos, muebles… Supongo que su mentalidad es debida a que cuando crecieron, lo hicieron en una época de relativa escasez material, comparada con la que tenemos ahora nosotros. Las cosas había que arreglarlas, bien porque comprar una nueva era prohibitivo o bien porque no había más.
Esta cultura del arreglo manual, se ha perdido en gran parte. ¿Hace cuánto que no ves una zapatería de barrio? Sí, una de esas pequeñas, de apenes 10 metros cuadrados, que olían a cuero y a betún, y en la que un zapatero, de los de toda la vida, ponía los zapatos, sobre una extraña máquina, y con un no menos extraño martillo, iba sacando, uno a uno, los clavos de los tacones o dando martillazos para poner una tapa nueva. Yo, de pequeño, he ido con mis zapatillas y con mis botas de fútbol, a que me pusieran uno de esos parches. Y no una, sino muchas veces. Pero ya he perdido la cuenta de los años que hace que no llevo mi calzado a arreglar. Simplemente, los tiro y busco unos zapatos nuevos. El que ya no se arreglen zapatos, es un síntoma inequívoco de que la peor obsolescencia, es la propia, la que, con nuestra forma de pensar, estamos imponiendo sobre todo lo que nos rodea.
Si algo no funciona, se tira y se reemplaza, la reparación es la última opción. Quizá deberíamos empezar a pensar en más en reparar y menos en reemplazar. De hecho, creo que es lo más valiente, tanto con los bienes materiales, como con las relaciones, las personas, o la propia sociedad.
Mientras tanto, voy a ver si encuentro una zapatería. De las de arreglar.